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Escrito por Paco Gisbert
Miércoles, 04 de Agosto de 2010 06:15 |
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| La reconversión de la industria norteamericana del cine X a raíz del escándalo provocado por el descubrimiento de que Traci Lords había protagonizado casi todas sus películas siendo menor de edad produjo un puñado de consecuencias en el cine porno. Las más evidentes fueron la reducción de costes, la definitiva hegemonía del vídeo como soporte de filmación y la desaparición de la imaginación a la hora de realizar las películas. Las menos, la aparición de la figura de la esposa fiel en las escenas de sexo.
A finales de los ochenta y comienzos de los noventa, el porno volvía a ser una mina para quien trabajara en él. Poco coste y mucha ganancia. Una generación de actores y actrices se introdujo en el negocio pese a que su situación sentimental era la opuesta a la que se supone a una persona que, por su trabajo, ha de practicar el sexo con otras personas. Pero en 1990 las cosas no era como diez años atrás, cuando actores como Richard Pacheco eran capaces de salir de casa, como cualquier oficinista, despedirse de su mujer y sus hijos, y volver nueve horas después, tras haber follado con un par de chicas, a cenar con la familia. El SIDA había hecho estragos entre la población y la sociedad exigía sexo seguro. La solución para aquellos actores y actrices que tenían pareja era muy simple: la exclusividad en el sexo con la persona que amaban.

Así surgieron diversas parejas que, a lo largo de su carrera en el porno, sólo practican el sexo entre ellos, sin dejar que un extraño toque, sólo mire. Parejas como Woody Long y Sandra Scream, que compartirían decenas de polvos ante la mirada del público en sus películas, Derrick Lane y Racquel Darrian, fieles hasta el final de su matrimonio, Randy Spears y Danielle Roggers, que comenzaron siendo exclusivos en el sexo hasta que se dieron cuenta de que ganarían más dinero si abrían su relación a otras personas, o Justin Sterling y Jenna Jameson, que se hicieron ricos sin tener que ser infieles.
Pero la pareja que ejemplifica a la perfección la época de la fidelidad matrimonial en el porno la formaron la exótica Kascha y el semental galo François Papillon. Kascha, nativa de Hawai, fue uno de los primeros ejemplos de acceso al porno por la vía de las revistas eróticas para hombres. A los 21 años, esta rubia con cara de china había posado en publicaciones como High Society, Penthouse y Hustler, antes de debutar en el cine X con “Introducing Kascha”, un título que, como la mayoría de los filmes en los que participó adivinaba las intenciones comerciales de sus productores. Su nombre apareció en los títulos de gran parte de su filmografía, ya que el público quería ver en acción a una mujer tan exótica que tenía la piel morena de una polinesia, los rasgos faciales de una china y el cabello de una europea. Si a eso añadimos unos pechos falsos, cuyo aspecto modificó en dos ocasiones a lo largo de su trayectoria profesional, convendremos que Kascha era casi un producto de laboratorio.

Entre otras cosas porque Kascha sólo conoció un varón en gran parte de los siete años en los que permaneció en activo en la industria del porno. Fue su marido, el actor francés François Papillon, un tipo que parecía salido directamente de un gimnasio con rayos UVA de la Costa Azul. La prueba de que se querían no era sólo que se guardaban fidelidad uno al otro, incluso con cámaras de vídeo delante, sino que Kascha llevaba el tatuaje de una mariposa (el apellido de su marido en francés) en su nalga izquierda. Únicamente en los estertores de su carrera, cuando Kascha había engordado 20 kilos y encontraba dificultades para ser contratada en películas, aceptó protagonizar algunas escenas lejos de su esposo. François y Kascha Papillon se retiraron del porno en 1994 para probar suerte en el cine convencional, suerte que no tuvieron. En la actualidad, ambos siguen felizmente casados y hacen el amor sin la presencia de cámaras. Como durante toda su vida.
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Escrito por Paco Gisbert
Jueves, 22 de Julio de 2010 21:08 |
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| A mediados de 1973, la Corte Suprema del estado de Nueva York dictaminó que cuatro películas, entre ellas “Tras la puerta verde”, contenían tantos “actos de perversión sexual que habrían sido considerados obscenos por las costumbres de las comunidades de Sodoma y Gomorra”. Los hermanos Mitchell, envalentonados por el éxito de su primera película, decidieron acometer la primera gran superproducción de la historia del porno, un filme X al estilo Cecil B. DeMille que titularon precisamente “Sodoma y Gomorra: Los últimos siete días”, en homenaje a la retrógrada resolución del órgano judicial neoyorquino.
La película se comenzó a rodar hace ahora 35 años, en el verano de 1975, y pretendía ser la demostración al mundo de que el porno estaba capacitado para hacer grandes producciones, a la vez que la consolidación de los hermanos Mitchell, que sólo habían realizado hasta entonces dos largometrajes (“Tras la puerta verde” y “La resurrección de Eva”), como los representantes del cineasta de autor dentro del cine sicalíptico.
Jim y Artie Mitchell invirtieron entre 450.000 y 700.000 dólares en aquel proyecto, una cantidad que incluso hoy en día es desmesurada para una producción erótica. Pero lo gastaron en convertir el rodaje, que se prolongó durante casi medio año, en una continua fiesta. Jim y Artie eran unos tipos generosos y juerguistas, millonarios después de los beneficios que les habían reportado sus dos filmes anteriores y la explotación del O'Farrell Theater como sala de exhibición de filmes pornográficos, y, sobre todo, caóticos a la hora de trabajar. No querían hacer una película, sino vivirla. Noche tras noche, después de rodar unas cuantas secuencias, el equipo técnico y artístico de “Sodoma y Gomorra” se entregaba a una orgía de comida, drogas y sexo. Los Mitchell procuraron que todo el mundo tuviera cocaína y buena comida para que estuvieran a gusto en el set de rodaje y no repararon en gastos para dotar de verosimilitud a la acción. El resultado de esas atenciones fue uno de los más grandes fiascos de la historia del cine, una declaración pública de que el porno nunca abandonaría el gueto en el que, por sus especiales características, se había confinado dentro del panorama de los géneros cinematográficos. La interminable fiesta asociada a un rodaje sin fin terminó de forma abrupta cuando los participantes en el filme descubrieron una mañana que Adrienne Mitchell, la mujer de Jim, se había fugado con uno de los actores de la película. Estaba harta de que su matrimonio fuera como una cama redonda.

Hasta entonces, sus directores habían trabajado sin un guión excesivamente preciso de lo que iba a ser la película: sólo era un relato épico inspirado en los hechos narrados por la Biblia en el libro del Génesis. Jim y Artie llegaron a rodar hasta 72 horas de película, un corpus ingente e imposible de ordenar en una sala de montaje. En la reanudación de la cinta, cambiaron la historia, lo que convertía el material rodado en prácticamente inservible, y la transformaron en una adaptación libre del best seller “Chariots of the Gods?”, de Erich von Daniken.
“Sodoma y Gomorra: Los últimos siete días” llegó por fin a las salas en septiembre de 1976, más de un año después del comienzo de su filmación. Fue un fracaso absoluto, entre otras cosas porque el montaje final que hicieron los Mitchell hacía la película ininteligible. Además, Jim y Artie acabaron peleados por culpa de tan titánica e inútil empresa y no volverían a rodar juntos una película hasta diez años después. “Sodoma y Gomorra: Los últimos siete días” ha pasado a la historia como el equivalente en el porno a “La puerta del cielo”, de Michael Cimino, o “Cleopatra”, de Joseph Mankiewicz, filmes de altísimo presupuesto, rodaje turbulento y nulo rendimiento en taquilla. Con la diferencia que, en el cine convencional, un éxito tapa un fracaso. En el porno, un fracaso como aquel fue la sentencia de muerte para la normalización del género.
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Escrito por Paco Gisbert
Miércoles, 02 de Junio de 2010 07:00 |
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| En el verano de 1974, Georgina Spelvin todavía gozaba del reconocimiento popular que alcanzó como protagonista de “El diablo en la señorita Jones”, estrenada un año antes. Después de aquel éxito, Spelvin aprovechó el filón y formó parte del reparto de una docena de producciones en pequeños papeles bien pagados. Lo suficiente para mantener su estela de tardía figura del porno.
Aquel verano, Georgina recibió una oferta para volver al pasado, para reencontrarse con la mujer que había sido, diez años atrás, cuando trabajó como bailarina y coreógrafa en diversas obras a lo largo de los Estados Unidos. Para volver a ser Shelly Graham. La oferta consistía en participar en varias comedias musicales y dirigir una de ellas: la adaptación a los escenarios del “Oliver Twist” de Charles Dickens. Georgina Spelvin sabía que aquella era una buena oportunidad para huir de su pasado, de los dos años que había pasado interpretando películas pornográficas porque amaba la cámara pero no su profesión.

Aceptó y se puso a trabajar en Maine, donde la obra se iba a estrenar. Durante unos meses, Spelvin recuperó su vertiente musical, en duras jornadas de trabajo bailando y en duras sesiones de corrección de coreografías dirigiendo. Pero, poco antes del estreno, se le aparecieron los fantasmas de su pasado en forma de agentes judiciales. Eran los tiempos en los que el porno era perseguido en algunos de los estados americanos y Spelvin estaba acusada de obscenidad en Portland, donde un juez había procesado a los intérpretes de “El diablo en la señorita Jones”. En uno de los últimos ensayos antes del estreno, dos agentes judiciales se presentaron en Maine para convocar a Georgina al juicio que se iba a celebrar en la otra parte del país. Sus compañeros en el musical descubrieron entonces que estaban trabajando con Georgina Spelvin y, gracias a sus contactos con el FBI, la ayudaron a conseguir un abogado que le librara de comparecer ante un tribunal.
El “Oliver Twist” de Georgina Spelvin se estrenó por fin aquel verano y tuvo un éxito inesperado por una razón ajena a su calidad como comedia musical. La prensa se hizo eco de que una actriz porno era la directora de una obra interpretada por 26 niños.


Una de las personas que se interesó por aquel fenómeno insólito fue el escritor Norman Mailer, uno de los principales innovadores del periodismo literario en el siglo XX y autor de obras como “La canción del verdugo” o “Los ejércitos de la noche”. Mailer acudió a ver la obra y, a su conclusión, se puso en contacto con Georgina Spelvin para invitarla a tomar una copa. La directora de la comedia musical y el escritor salieron aquella noche y hablaron sobre muchos temas. Ella le preguntaba por sus libros, por su inspiración a la hora de escribirlos y sobre el periodismo moderno. Él sólo quería saber cosas de actrices porno y Georgina, poco integrada todavía en la industria del entretenimiento para adultos, no pudo dar respuesta a toda la curiosidad de Mailer. En realidad, Mailer sabía más de la vida y milagros de las actrices porno que la propia Georgina. La insistencia de Mailer despertó el chip intelectual de Georgina, que preguntó a su contertulio si había salido con ella para documentarse con la idea de escribir un libro sobre el mundo del porno.
· “No -respondió Norman Mailer-, sólo deseo follar con usted”.
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| Actualizado ( Miércoles, 02 de Junio de 2010 21:16 ) |
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Escrito por Paco Gisbert
Martes, 11 de Mayo de 2010 06:41 |
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| Dentro de unos días se cumplirán 35 años de la primera proyección pública de Exhibition”, la película que marcó un antes y un después en el cine porno europeo. A mediados de 1975, el cine erótico francés se encaminaba irremediablemente hacia el sexo explícito. El estreno, un año antes, de la mítica Emmanuelle, de Just Jaeckin, había representado el techo del cine “soft” y los directores que realizaban películas de alto contenido erótico comenzaban a plantearse la posibilidad de incluir planos sexuales aprovechando el vacío legal que existía en el país galo sobre la materia tras la supresión de la censura, en marzo de aquel año.

Uno de esos directores era Jean François Davy, realizador de filmes picantes en los años precedentes (el más conocido de ellos se estrenó en España bajo el título de “Bananas mecánicas”) y formado en la producción de películas de autor. En 1975, Davy recibió una oferta para producir “Change pas de main”, una película dirigida por el corso Paul Vecchiali que aprovecharía esa indefinición legal para incluir en su metraje una escena de sexo explícito. En el casting del filme, Davy descubrió a una actriz de 30 años que había intervenido en filmes eróticos y cuyo desparpajo cautivó al productor. Aquella mujer, de nombre Claudine Beccarie, poseía una personalidad arrolladora y se erigía como jefa del grupo de actrices que, en papeles secundarios, estaba destinado a protagonizar las escenas más picantes de la cinta de Vecchiali.

Fascinado por la figura de Beccarie, Davy decidió realizar una especie de making of sobre el rodaje de “Change pas de main” focalizado en aquella actriz desinhibida, a la que no le importaba desnudarse, y que encerraba, tras su imagen de morena pícara, una historia extraordinaria. Jean François Davy rodó 22 minutos siguiendo a Claudine Beccarie durante el rodaje y, al ver el material, se dio cuenta de que tenía entre manos un material magnífico. Poco a poco, lo que era un pequeño reportaje sobre la presencia de la actriz en la película de Vecchiali se fue convirtiendo en un documental sobre la vida de una mujer a la que no le importaba practicar el sexo delante de una cámara porque eso formaba parte de su creatividad artística, en un retrato minucioso de cómo una mujer va desgranando su verdadera personalidad herida. En sus manifestaciones a cámara y en su retorno a los lugares en los que vivió su infancia, el espectador va descubriendo la vida de Claudine Beccarie, desde que fue violada a los 15 años hasta sus trabajos en el porno, pasando por una etapa en España en la que ejerció como bailarina y prostituta. Beccarie se desnuda delante de la cámara sin tapujos, pero también lo hace, y eso es mucho más complicado que quitarse la ropa, interiormente, dejando ver al espectador todo lo que encierra dentro de su cabeza.

“Exhibition” fue seleccionada para participar en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, que se celebró en mayo de aquel año, antes de su llegada a las salas comerciales, el 25 de junio de 1975. Y su trayectoria ejemplifica el peculiar devenir del cine X francés en sus comienzos. En principio, la cinta se distribuyó en las salas de arte y ensayo, en las que gozó de un notable éxito, hasta que la ley que reguló el porno en Francia le otorgó la clasificación X para convertirse en la primera película que ostentaba dicho anatema. Jack Lang, ministro de cultura bajo el gobierno de Miterrand, le retiró la clasificación X debido a la consideración de filme de culto que había adquirido una cinta que ha pasado a la historia con los mismos honores que “Garganta profunda”: los que le otorgan el ser la primera película porno que llegó al gran público en el viejo continente.

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Escrito por Paco Gisbert
Jueves, 18 de Marzo de 2010 06:55 |
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| En pleno siglo XXI, cualquier muchacha que aspire a convertirse en alguien dentro del mundo del porno sabe con certeza lo que le espera: un ano tan dilatado que esté dispuesto a recibir todo tipo de arietes y cientos de baños faciales de semen. Son las dos marcas de la evolución de un tipo de cine en el que, con el paso de los años, lo único que importa es que a la mujer le pongan el agujero del culo del tamaño de la estación de Atocha y su bello rostro reciba, no de forma terapéutica, las irrigaciones de todos sus compañeros de escena.
No siempre fue así. La generalización del sexo anal en las películas X es un fenómeno reciente, ligado a la popularización del gonzo y el descenso en la consideración social de las actrices. El sexo anal fue una práctica eventual en el porno clásico, hasta el punto de que algunas de las actrices míticas de los años setenta se retiraron siendo vírgenes por el lado oscuro de su anatomía. E incluso hubo grandes estrellas del género, caso de Ginger Lynn o Dyanna Lauren, que convirtieron su desfloración trasera en una estrategia para ganar más dinero a lo largo de su carrera.
La eyaculación facial es una moda surgida en la misma época que la obligatoriedad de la penetración anal. En la edad de oro del porno norteamericano, las irrigaciones en el rostro de las actrices eran algo ocasional y generalmente como resultado de una felación más bien corta. A ningún actor se le ocurría, en las películas de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, correr como un poseso para derramar su simiente sobre la cara de su compañera de reparto, porque, en esencia, la escena sexual era consecuencia de una escena dramática anterior y salir escopetado para correrse en los morros de alguien con la que has estado hablando antes era poco creíble para el espectador.
En esos años, fueron muchas las actrices que jamás vieron mancillado su rostro por la lefa de sus compañeros de profesión, pero quien mejor ejemplifica esa aversión a los baños lácteos es Annette Haven. Educada en una familia mormona, Haven fue una adolescente con sueños de alfombra roja y, por ello, se trasladó a California para probar suerte en la industria cinematográfica de Hollywood. Como muchas chicas de su edad y condición, Haven sólo logró promesas de un futuro actoral a cambio de pelar sus rodillas sobre los despachos de los productores. Por ello, cuando le ofrecieron un papel en “Lady Freaks”, una película X dirigida por Alex de Renzy en 1973, no rechazó tan deshonesta proposición. En los siguientes 16 años, aquella mujer de enigmática belleza, piel blanca como la de Andrés Iniesta y una mirada de congelador cinco estrellas, se erigió en una de las estrellas indiscutibles del género. Sobre todo en los años de la edad de oro del porno norteamericano, los que transcurrieron entre 1976 y 1983, cuando Annette representó con tanta pasión la frialdad sexual que se ganó a pulso el apelativo de “La princesa de hielo”.
Quizás porque el hielo solidifica la leche, Haven nunca permitió que un compañero de trabajo descargara su masculinidad sobre su rostro y las culminaciones de los polvos con Annette siempre acabaron en otras partes de su anatomía. Fue, además, una mujer lista. Cuando vio que en el porno se imponía el absurdo olímpico de utilizar la cara de una actriz como recipiente seminal, se marchó del porno. Vio que si alguien creía que lo único importante del porno era embadurnar las caras con semen, no era muy de fiar. Y, en los tiempos del Sida, ponerse en manos de alguien que no era de fiar era como jugar a la ruleta rusa. Fue tan lista que, en 1991, dos años después de dejar el porno, se casó con un rico hombre de negocios con el que todavía vive en Marin County, una de las zonas más exclusivas de la bahía de San Francisco.
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| Actualizado ( Jueves, 18 de Marzo de 2010 07:25 ) |
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